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Un niño es obediente si se somete sin rechistar a la autoridad de sus padres y de otras personas mayores.
El niño que no crea problemas, que se adapta a todas las situaciones y personas, que jamás se queja ni rebela…, es un niño ¡obediente! y ¡bueno! Y cuando no se somete a los dictámenes, órdenes y deseos de los padres y personas adultas se le califica de desobediente.
En realidad, en la mayoría de los casos, el niño rechaza la autoridad porque ésta se manifiesta arbitraria e impositiva sin razones y, por tanto, la considera inútil.

¿Por qué no obedecen?

Ya hemos dicho que un niño desobedece porque ha encontrado en la práctica de la desobediencia un buen medio para afirmar su personalidad o para manejar al adulto, porque no ha entendido bien lo que se le manda o porque no le es posible o no sabe ejecutar lo mandado.
Pero los padres, profesores y personas adultas no quieren caer en la cuenta de que la mayoría de las veces que el niño no obedece es porque:

  • Las órdenes son poco razonables.
  • Resultan incomprensibles para el niño.
  • Superan claramente las posibilidades de realización personal.
  • Se ha seguido el camino más cómodo de exigir el cumplimiento de unas órdenes en lugar de molestarse por encontrar otras salidas o alternativas en las que el niño pudiera expresar su independencia y personalidad.  

Basándose en ello, por bien que puedan ir las cosas, ciertos niveles de desobediencia son normales, inevitables y comprensibles. Hay muchos ejemplos de la vida cotidiana que así lo demuestran. Veamos éste que resulta muy ilustrativo: Sabemos que para un niño jugar con sus amigos tiene un gran valor formativo en todos los aspectos, y para él es tan importante como la más decisiva de nuestras actividades y tareas. Pues bien, imaginemos el caso de la madre (padre) que interrumpe bruscamente el juego de su hijo y le obliga a dejar el partido “ahora mismo”, “porque te lo mando yo”, sin haberle advertido antes que esto podría ocurrir. Se ve sometido a lo que él considera capricho de su madre y se siente humillado por el abuso de poder. No tiene elección, no puede rebelarse.   Debemos hacernos cargo de que es normal que el niño tenga la impresión de que obramos así porque somos los más fuertes y él se defiende con el arma del débil, que es la desobediencia. Lo correcto es aprender a ponerse en el lugar del niño y mostrar con él el mismo respeto que exigimos de los demás para con nosotros. ¿Qué haría y diría esta madre si cuando está en una reunión con sus amigas, o en otro momento parecido, alguien le dijera: «salga de aquí de inmediato y venga a hacer esto o lo otro?». No debemos dar la impresión a nuestros hijos de que son para nosotros como objetos o cosas de las que podemos disponer a nuestro antojo. Lo mejor es prevenir al niño de nuestras intenciones si nos es posible, tratarlo con respeto y permitirle que vaya formando su propio criterio.

Algunas pautas para el manejo de la obediencia:

  1. Déle órdenes de una forma clara, de tal manera que las entienda.
  2. No le muestre rabia o prevención; háblele suavemente pero con firmeza. Espere un momento para ver si las cumple. Si no las cumple, guíe al niño y hágalo obedecer (sin mostrarle rabia); si no es posible, anímelo con cosas que sean del interés del niño. Cuando las cumpla, felicítelo y si le promete algo, cúmplalo.
  3. Mantenga un mismo criterio acerca de las normas que debe cumplir el niño: prohibir hoy unas cosas y mañana permitirlas, le ocasionará inseguridad y dificultades.
  4. Piense si el niño puede cumplir las órdenes que le dan, o si lo que le prohíbe es justo.
  5. Enséñele a obedecer sin crear miedo y rabia en el niño. El miedo le impide organizar su mente y se puede convertir en odio.
  6. Asígnele al niño pequeñas tareas y permítale participar en las actividades y decisiones de la familia.

Algunas pautas para ejercer adecuadamente la autoridad:

  1. Establezca previamente las «reglas del juego», procure que sean formas aceptadas por todos y exigibles a todos.
  2. Póngase de acuerdo en quien ejerce la autoridad en un momento dado y apóyense, para que su hijo confíe en ambos.
  3. No ejerza la autoridad fiscalizadora, su hijo necesita un margen de libertad y confianza para su desarrollo.
  4. Ofrezca razones claras, válidas y cortas, evitando la «cantaleta», cuando hagan uso de su autoridad. Su hijo necesita saber por qué y para qué razón obedece.
  5. Respeten sus procedimientos o estilos personales de mandar siempre y cuando estén en función del beneficio del hijo.
  6. Procuren exigirse a sí mismos lo que exigen a sus hijos.
  7. El ejercicio de la autoridad es para siempre, algunas veces no se obtiene lo deseado, pero hay que insistir.
  8. Evite chantajear o amenazar afectivamente al hijo, eviten la ironía despectiva, la burla o el sarcasmo porque la autoridad se desgasta en ella.
  9. Garanticen la armonía familiar con una autoridad razonable y justa.
  10. Sepan resistir las dificultades y frustraciones. No se desanime cuando el hijo falle, acójanlo por grande que sea la falta.
  11. Recuerde que comprender a su hijo no significa dejar de hacerle exigencias.
  12. Confíe en el ejercicio de la autoridad que ustedes, como padres, establecen. No lo suprima por el hecho de que los demás no lo hacen, o lo hacen de forma diferente.
  13. Procuren que la sanción sea proporcional a la falta, piensen antes de hacerlo y sean firmes. Ofrezca siempre una explicación.
  14. Hagan participar al hijo en la elaboración de las sanciones y revísenlo periódicamente.
  15. Ofrezcan disculpas al hijo cuando lo hayan juzgado equivocadamente o le hayan impuesto una sanción injusta, ganarán su respeto y él seguirá aceptando su autoridad.
  16. Eviten que la sanción sea humillante para el hijo o que lo avergüence frente a otros, la discreción, y la oportunidad tienen mejores efectos educativos.
  17. Valoren a su hijo por lo bueno que hace, no estén pendientes sólo de sus fallas.
  18. Demuéstrele a su hijo que confía en él, no preguntándole constantemente sobre su vida, sino esperando pacientemente que él decida qué y cuando quiere contarle, escúchelo como amigo sin juzgarlo: después serenamente pensarán que conviene decir o hacer.

Sean respetuosos con las confidencias que hacen los hijos.

Categorías: Infantil

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